La feria del libro de Paris 2013 y Radu Aldulescu





La Feria del libro de Paris abre sus puertas desde el 22 al 25 de marzo. Barcelona es ciudad invitada  y la literatura rumana ocupa un lugar privilegiado. Ésta está representada por sesenta y cuatro escritores. Entre los que cabe destacar a Savatie Basztovoi, autor de “Los conejos no mueren”: Marius Daniel Popescu con “La sinfonía del lobo”, y de manera especial Radu Aldulescu con “El amante de la viuda
Aldulescu nació en Bucarest en 1954. Es un escritor prolífico desde la caída del comunismo. Su primera novela titulada: “Sonata para un acordeón”  es de 1993. Después ha publicado seis novelas más. Su estilo es de una gran belleza sobre un fondo realista muy crudo. A pesar de su éxito literario, ha continuado trabajando hasta hace poco en la construcción o en la fabrica. Se letiene como un nuevo Panait Istrati o un Jack Kerouac de la época de Ceauşescu. Considerado como uno de los más importantes escritores rumanos desde 1990, todavía no ha sido traducido al español.
Su segunda novela: “El amante de la viuda” fue publicada en Rumanía en 1996, y ha sido traducida al francés hace muy poco. 
La injusticia, la violencia, los sobornos, el favoritismo, los fraudes, la escasez, la corrupción, las denuncias, el control policiaco, en la época que va desde 1961 hasta la caída del comunismo en un Bucarest devastado, componen el escenario de una novela cuyo desarrollo es parecido al de los grandes narradores franceses, manteniendo una tensión y distensión constantes que engullen al lector. En Aldulescu la narración se desvincula a veces de la cronología. Un hecho previo puede aparecer de forma sorprendente en la trama, como si poco a poco el caos y la desintegración que impregnan a sus personajes, a imagen de la sociedad entera, afectaran también a la estructura temporal. 

Radu Aldulescu, en “El amante de la viuda”, trata a sus personajes, entrañables y desesperados por igual, en seres sumidos en una realidad sin horizonte, encarnación de una Rumania en descomposición. Su narración se lleva por delante toda certeza y la más mínima esperanza.

 
© Preludio. 2013.

Sinopsis:

“El amante de la viuda” relata la historia de Mite, un personaje de corazón sensible y puño de hierro. Con doce años se convierte en boxeador y amante de la viuda Colivaru, quince años mayor que él, madre y protectora a la vez. Mite, vaga como un perro, "un perro soviético" - emblema de la novela - en busca de amo, pero no se centra en nada ni en nadie. Mite, que parecía indestructible, descubre que el mal está fuera, pero más en sí mismo. La novela no es un manifiesto.  El amante de la Viuda dibuja los contornos de una historia crítica y realista de la supervivencia bajo el comunismo. Publicada en marzo 2013. ISNB 9782845451773. SODIS: 7111093.

 

Care Santos y "El aire que respiras".



Care Santos, a propósito de “Habitaciones cerradas”, decía que su libro no era una novela histórica. “No me gusta nada la novela histórica, porque uno tiene que perfilar una trama para recrear una época, y además creértela: como lectora no me interesa y como escritora, menos.” En ese punto de vista vengo a coincidir con la autora de “El aire que respiras” (Editorial Planeta, febrero 2013). Es su última novela. A mi tampoco me gusta la novela histórica, quizás por otros motivos. Ciertamente las hay buenas, pero siempre tengo la sensación de que tienen truco, de que él escritor hace trampas con la historia y con el espacio que recrea.
Estuve en la presentación de “El aire que respiras”, invitado por la editora Susana Alonso y por José Luis Rodrígez, mi librero, y no me avergüenza confesar que, de entrada, lo hacia con cierta prevención en lo que pudiera tener de novela histórica. A medida que fui escuchando, primero a Marta Querol, la presentadora, y luego a la propia autora del libro, mi prevención se tornó en interés. Hablaron de la gran transformación de Barcelona desde la primera década del XIX, cuando la ciudad sufría, oprimida, bajo la bota infame del ejército de Bonaparte, hasta más allá de mediado el siglo. En ese espacio y en ese tiempo se desarrolla una historia que cuenta la persecución de una colección de libros fabulosos por su singularidad, en la que intervienen múltiples personajes, unos reales y otros ficticios, siendo la urbe, quizás, el más importante.
Este era otro motivo que me alarmaba a la hora de la lectura de “El aire que respiras”. Pensaba: otra historia “pegada a rueda” de los betsellers sobre libros o códices perdidos.  Nada más lejos de la realidad, y en consecuencia nadie más equivocado al respecto.
Care Santos, sobre la base de una documentación muy sólida, nos muestra una Barcelona convulsa que se vacía en el horror para emerger nueva, aunque no distinta, porque las ciudades no son sólo las calles, las ramblas o sus nuevas avenidas, sino los ciudadanos que las habitan. También desvela el mundo de los libros y los libreros de una época que comienza a percibir las luces que vienen de Europa, aunque para ello tengan que abrirse huecos, arrasar murallas, derruir callejas, y asolar conventos e iglesias, que, por una parte impedían la entrada a la luz y a los derechos igualitarios, pero por otra, habían sido custodios de pozos de sabiduría en los libros almacenados en sus bibliotecas, a la vez que tesoros, arruinados después por el fuego, el agua, el olvido y la ignorancia. Y también historias que permanecían en la memoria del papel o del pergamino.
El aire que respiras” llega hondo y oxigena por donde pasa. Envuelve como una niebla, atrapa como una fragancia, sofoca como un viento de poniente, abruma con emociones incontinentes, a veces ahoga y en otras refresca como una brisa. La novela se lee, se vive —me imagino—, lo mismo que se leían a mediados del siglo XIX las novelas por entregas, los famosos folletines. Obras de Dumas, de Eugène Sue, de Dickens. Dicho sea con el debido respeto y unción ante apellidos tan ilustres y ante el libro de Care Santos. La novela contiene elementos representativos de las obras de autores de tanto prestigio como los nombrados.
Su novela es a la vez una historia de aventuras, costumbrista y de intriga, donde las grandes pasiones florecen esplendorosamente: el amor, el odio, la venganza, la traición,  la ira, la lujuria, la avaricia, la ambición, el honor, la amistad, la gratitud, en un enclave histórico muy bien documentado. En definitiva, están los grandes sentimientos universales. Todo ello aderezado con contenidos sociales que emergen en aquella época como la punta de un iceberg, y que saldrán del todo a la superficie en la Barcelona de la segunda mitad del siglo. Hasta ahí  no llega “El aire…”, pero, hasta donde llega, huele a viejo y a nuevo.
“El aire que respiras” es exuberante  en materiales narrativos, con un estilo dinámico  a base de una acción agitada, con preferencia por los diálogos justos y descripciones precisas.  Care Santos trenza elementos realistas con algunos fantásticos o, mejor sería llamarlos, típicamente románticos. Así, por ejemplo, las sesiones de espiritismo, participadas por gentes cultas, quizás las más ilustradas y vanguardistas de la época, y el gusto por lo fúnebre y lo macabro.
Care Santos, a través de una realidad posible, la más documentada, crea ficción, sin perjuicio de imperceptibles licencias necesarias en aras de la credibilidad, y  sin que el lector se atreva a determinar dónde está la frontera entre una cosa y otra.
“El aire que respiras” es una novela de casi seiscientas páginas que se lee aprisa, con la emoción a flor de piel, con el pálpito contenido, con la necesidad de saber qué ocurre con los personajes, y con la esperanza de que se restablezca la justicia y la verdad renazca. Pero sobre todo, con el ansia de que, desterrados los quinqués y los candiles, amanezca una ciudad nueva y luminosa llena de faroles.
© Preludio. 03/2013

De la globalización y la identidad colectiva.



Cuando parecía que la globalización diluía territorios, países y pueblos para homologarlos y homogeneizarlos, resulta que también produce una fractura entre el lugar donde se produce una cultura y el lugar donde se disfruta de ella.  No es raro descubrir grupos, tribus que se niegan o se resisten a disolverse en lugares que son extraños a los de su origen —escandinavos en España, ingleses en todas partes, americanos del sur en América del norte, los judíos en la diáspora—, dando lugar a comunidades que comparten una idea común que consiste en sentirse diferentes. Estos grupos, que van a ser cada vez mas numerosos  por la facilidad que da la tecnología para la movilidad y para alimentar la imaginación, van a evidenciar que hay una dimensión mas allá del espacio y el tiempo. La humanidad que viene ya no nace automáticamente de realidades objetivas, sino de un proyecto común que no se limita a un territorio y que además es cada vez menos afín con la historia de la comunidad con la que se identifica.
El pasado ha sido un espacio de la memoria, pero también es un granero imaginario al que cada uno recurre como puede o como cree. De ahí,  que la globalización no avance como una invasión de elementos comunes que iguale, sino que es algo más complejo. Es un proceso que consiente de cuando en cuando reinventar discursos y escenarios cimentados en las distintas soberanías, ya sea a nivel nacional  o local. La mayoría de veces, las identidades colectivas son consecuencia de relatos más o menos arbitrarios vinculados genéticamente a los individuos. La identidad no está en nuestro pasado, sino en el presente. El concepto de identidad colectiva no es mas que una forma de camuflaje ideológico, casi siempre base de los nacionalismos de toda estirpe, vengan de oriente o de occidente, de septentrión o de meridión.
De identidad étnica, mejor no hablar.  El cupo lo llenó el siglo XX con efectos desastrosos. Ni etnólogos ni antropólogos se ponen de acuerdo a la hora de aplicar el concepto a las tribus más primitivas.
Es cierto que para la autodefensa de un grupo, las leyes, las costumbres, las maneras de hacer colectivas pueden resultar necesarias, pero no tanto que impidan a toda costa la emancipación de sus miembros. Las diferencias entre individuos prevalecen sobre los rasgos colectivos  a poco que se examinen.
La globalización permite a todos erigir una identidad cultural propia e individual según sus deseos y preferencias, rescatándonos de lazos étnicos y comunitarios que siempre son restrictivos de la libertad.

2013. Método



No creo en los propósitos. Acaban siendo causa de nuevas frustraciones. Y es que a cierta altura de la vida de uno ya todo es historia. En especial historia de los errores. Sin embargo para no cerrar ese libro, con cierto caudal de esperanza todavía, cabe pretender tenerlos: nuevos propósitos, nuevos errores y nuevas frustraciones que tejerán historia que añadir al libro. Al cabo lo que importa de verdad es el acontecer que se queda en la memoria. Y mientras acontece no hay arruga, sino vida. La arruga sólo es pasado.
Por causas que yo sé deberá ser, será bueno el orden y el método: Un solo libro, un solo escrito, un solo proyecto hasta el final, y vuelta a empezar, porque detrás de Alfa viene Beta, y detrás de Gamma, Delta, y Omega solo puede ser el final. Suena cartesiano, pero es eficaz.

Lo que no está escrito.-




Don Rafael, me impongo complacido el tratamiento y por supuesto el “usteo” después de haber leído, sobrecogido, “Lo que no esta escrito”, su thriller psicológico, subgénero de novela negra, estructurado de manera tan original.

Excursión de fin de semana por la sierra como escenario, contemplado de lejos, a través del filtro de un secuestro novelado, por una espectadora-actora, complicada e implicada con lo que ha pasado y está pasando. Dos secuestros paralelos. ¿La misma salida? Tensión y pánico. Me ha gustado cómo resuelve su última novela.

Sus personajes están muy bien definidos. Marido y padre tanto más cabrón cuanto más fracasado. Perfecto hasta la nausea. Esposa y madre a la eterna defensiva, neurótica y pajillera. Como para demandar su incapacidad legal como tales. Si hubiera exámenes y reválidas para ello, hubiera obtenido el título “corruptione mediante”. El hijo, como consecuencia, un borderlaine hasta la exasperación, que empuja al lector a pensar tirarle el libro a la cabeza para tratar de despertarle y que remita a sus progenitores a mierda. La novia del padre, un punto final provisto de guadaña, susceptible de haber salido del laboratorio del Dr. Frankenstein. La madre se pierde, se pierde… La novela dentro de la novela pasa con  sabias pinceladas impresionistas por un buen pastiche, aunque eso no nos importa tanto sino el fin que pretende, y eso lo logra, del todo en la neurótica, y en el lector, en ocasiones, “tamquan per ignem”.

Tres historias —padre e hijo, madre,  y secuestro—  en una que es la verdadera tienen que conducirnos necesariamente al misterio. Explicar éste con facilidad le restaría credibilidad, y pienso que no lo requiere mientras se considere al hijo fronterizo. Funciona.

Tiene usted razón. Los lectores somos muy  entrometidos y muchas veces acabamos interpretando lo que no está escrito, en ocasiones lejos de ello, o incluso en otras contrariamente a lo que sí está escrito.

Si, usted, además, anima a que cada cual campe por sus respetos e interprete ad libitum lo que no está escrito, el misterio pasa a follón, y podemos encontrarnos con que a alguien se le ocurra  decir y diga que “lo que no está escrito” cuestiona de forma desvergonzada el mito de la familia. 

 Por supuesto que lo hace con una sonrisa todo horizonte, algo así como decir que además le gustan la aceitunas partidas.

Nunca hubiera escuchado mejor respuesta, porque Hegel me sabe a aceituna partida. No se asombre. Lo leí hace mas de mil años a base de cervecita y platito de olivas, y ya con Engels llegué al empachó y casi las aborrecí para siempre. Nunca entenderé que nadie haya podido leer a semejantes cabezones si no es empujándose con manzanilla y aceituna partida, bien amarga. No obstante, entiendo que a base de interpretar lo que está escrito y lo que no, cualesquiera pueden seguir pensando en la familia (love & onion) como palo del sombrajo que debe resistir el paso de todo ciclón, y hasta que llenen la plaza de San Pedro entera con bendición urbi et orbe

Eso pasa por animar a que el lector interprete lo que le dé la gana, esté escrito o no. Dicen que es usted un decadente, un pesimista más triste que Schopenhauer, por lo que no sé como puede vivir sin que la mitad de la humanidad no se haya pegado un tiro con la recortada y la otra mitad no se haya arrojado al mar por  la borda de un crucero (los ricos y los jubilados), y los sujetos a un ERE, funcionarios y parados, a la vía del metro o a los pies de los caballos de la policía. Eso sí, previo gesto floral que ponga un detalle estético.

Mire, a pesar de todo lo que interpreten como quieran lo que no está escrito, estoy con usted, porque el mundo está de tal manera que me sorprende que no haya más recortadas, y que la gasolina siga siendo barata, porque lo que está corrupto no es solamente el sistema financiero, el político, y el social, sino nuestra propia cabeza. Lo que no alcanzo a adivinar es quien tiene la culpa, aunque me lo imagino. 

Pero volviendo a lo que está escrito. Exageraría, y además usted no me tomaría en serio, si dijera que lo que no está escrito es una obra maestra como decimos de La metamorfosis de Kafka, o de En el corazón de las tinieblas de Conrad, o de La Familia de Pascual Duarte de Cela, pero sí digo, sin exagerar, que es usted un maestro y que es su mejor novela hasta ahora. No me sorprende que su colega Antonio, diga que es la novela que a él le gustaría haber escrito. 
© jcll. Noviembre 2012.

Amarillea


Sigo en el monte solo mientras amarillea. Al sol le cuesta madrugar cada día más. Antes que se diluya la oscuridad,  me pongo las botas, meto en la mochila un chusco de pan con queso  y media bota de vino áspero en busca del sendero perlado de rocío que me suba hasta arriba. Echo de menos a “Duro”, un pointer acanelado, que, viejo,  murió la semana pasada metido de lleno en su oficio al precipitarse en un barranco detrás de una zorra jovencita. Bajé a por él con el corazón en la boca, tenía las piernas rotas, la cabeza ensangrentada y  estaba tan mal herido, que me pedía con la mirada que lo dejara ir con orgullo.  Le tiré con los ojos cerrados. Al abrirlos se me escaparon las lágrimas. La escopeta se quedó estupefacta mientras lo cubría con unas piedras al abrigo de fieras que no llegaron a ser enemigas.  No he vuelto a pasar por aquel recodo de la sierra. Desde entonces ando solitario sin el arma. Me interno en el bosque, entre los robles y las hayas. Los eucaliptus parecen fantasmas varados en la bruma. Escucho el graznido de unas abubillas que parecen  llamarse a gritos. Me cruzo con las huellas de una pareja de jabalíes y echo de menos mi vieja escopeta. El bosque resuena misterioso al compás de mis pasos.  No hay camino, pero bordeo la corriente del arroyo que se precipita entre las piedras y el musgo. Las últimas lluvias han despertado todas las fragancias. Los níscalos, los rebollones, las amanitas, los anizcles,  las mículas y otras mil setas y hongos empiezan a hacer del otoño una fiesta. Me gusta caminar por el monte solo, con la mochila a la espalda y el poncho sobre los hombros.