Las Tempestálidas, de Gueorgui Gospodínov, publicada por Fulgencio Pimentel en la colección La Principal (nº 32), es una obra brillante que presenta la memoria como un refugio existencial. Un refugio construido sobre una paradoja fundamental: la memoria nunca devuelve el pasado tal como fue. Recordar implica reconstruir, rellenar vacíos y ordenar fragmentos dispersos. Cada evocación transforma aquello que pretende conservar. El regreso al origen —a ese tiempo en que la identidad parecía sólida y el mundo conservaba un orden comprensible— resulta siempre parcial. Buscamos volver a casa, pero descubrimos que la casa ya solo existe en el recuerdo.
La novela adquiere una dimensión especial cuando se lee después de El jardinero y la muerte. Allí, Gospodínov afronta la enfermedad de su padre y la lenta desaparición de su memoria. A la luz de ese libro, Las tempestálidas anticipa muchas de las preguntas que más tarde formulará sin el velo de la ficción. No se trata de una novela sobre el Alzheimer, sino de una exploración de aquello que esa enfermedad hace visible como tragedia: la progresiva pérdida del lugar donde el ser humano encuentra cobijo frente al paso del tiempo. Limitar la lectura a la experiencia del enfermo sería un error. La novela interpela a todos: mientras vivimos, vamos construyendo nuestra identidad sobre una memoria imperfecta. Somos, en gran medida, el relato que elaboramos de nosotros mismos. Cuando ese relato comienza a resquebrajarse —por la enfermedad, el envejecimiento o el desgaste del tiempo— comprendemos hasta qué punto nuestra existencia depende de esa frágil arquitectura de recuerdos.
La escritura ocupa un lugar central en la obra de Gospodínov. Escribir es un acto de resistencia frente al olvido, no para derrotarlo —empresa imposible—, sino para retrasar su victoria, para conservar durante un instante aquello que sabemos condenado a desaparecer. La literatura no vence al tiempo, dialoga con él.
Al cerrar Las tempestálidas queda la impresión de haber leído una novela que trasciende su propia historia. En sus páginas late una pregunta universal: ¿qué somos cuando el pasado deja de sostenernos? Tal vez la respuesta sea seguir buscando, una y otra vez, ese lugar primero donde la memoria nos ofrecía la ilusión de un sitio o un tiempo donde cobijarnos. Sabemos que nunca regresaremos del todo. Y, sin embargo, persistimos en el intento. Quizá porque en ese esfuerzo reside una de las formas más profundas de nuestra condición humana. Gospodínov nos recuerda que el ser humano no vive solo de lo que espera, sino también de lo que recuerda. Cuando el futuro se estrecha y el presente se vuelve inhóspito, la memoria deja de ser un contenedor de recuerdos para convertirse en el último lugar donde todavía podemos reconocernos. Y cuando incluso ese refugio comienza a resquebrajarse, comprendemos que la verdadera lucha no es contra el olvido, sino por conservar un sentido de quiénes somos.
La novela desplaza el foco del Alzheimer hacia una reflexión universal. El ser humano no vuelve al pasado porque lo idealice, sino porque necesita un lugar desde el que seguir siendo él mismo cuando el presente se resquebraja. Esa es una intuición poderosa y muy acorde con la cosmología de Gospodínov.
El diálogo con El jardinero y la muerte no convierte Las tempestálidas en una novela explicada por la biografía del autor. Ocurre algo más interesante: el libro posterior ilumina el anterior, y el anterior da profundidad literaria al posterior. Esa relación entre ambas obras es uno de los aspectos más interesantes de leer a Gueorgui Gospodínov.
El ánimo de lector que piensa mientras lee, y no de crítico que busca y dicta una interpretación, invita a acompañar el proceso, no a aceptar una tesis cerrada. Esa premisa permite que el lector se sienta parte del descubrimiento.He tenido que releer algunos pasajes para encontrar su coherencia. La coherencia no estaba escondida en el libro, esperando ser descubierta, sino que nace del encuentro entre el libro y la propia experiencia de lector. La mejor manera de entender una obra depende, en buena medida, de todo aquello que obliga pensar y eso es, precisamente, lo que consigue Gospodínov.
© jcl. Julio 2026.
