Lo mejor de la tormenta de esta
tarde, el trueno y la fragancia de la salvia, del romero y del
espliego. La insolencia de la ruda y la
inflorescencia del acanto se mostraban débiles. Los pies
anclados en los charcos del camino. Las gotas de agua en la hoja del pino parecían
llanto.Gritos en la densa tarde que
bajaba a raudales del monte, mientras el cielo se suicidaba con puñales.Contar històries és una forma de llibertat personal. Ens allibera del corset de la identidat massificada que ens envolta.
La tormenta
Lo mejor de la tormenta de esta
tarde, el trueno y la fragancia de la salvia, del romero y del
espliego. La insolencia de la ruda y la
inflorescencia del acanto se mostraban débiles. Los pies
anclados en los charcos del camino. Las gotas de agua en la hoja del pino parecían
llanto.Gritos en la densa tarde que
bajaba a raudales del monte, mientras el cielo se suicidaba con puñales.Redescubrir a Tanizaki
Tanizaki, en el Elogio de la sombra pretende reflejar la
tensión existente entre oscuridad y claridad, algo así como el contraste que desprende
“un negativo” a contraluz. En su ensayo literario, Tanizaki reprueba el mundo
demasiado brillante de Occidente y celebra la riqueza de la penumbra, como fuente
de ambigüedad y de relieve. Los lugares muy iluminados son demasiado limpios,
sin misterio y sin historia.
Tanizaki envida por el disfrute y la tranquilidad
de la oscuridad, por las capas que el tiempo deposita en la superficie de las
cosas y que las dotan de atractivo. No se trata tanto de explorar lo oscuro de
la noche sino más bien la iluminación
ambigua de la oscuridad.
Una oportunidad para pensar el mundo desde esa
extraña luz y tratar de comprender el alcance de un tiempo en sombra y a la vez
demasiado iluminado. La sombra es bella.
Diagnóstico
Cooper está enfermo. Lo han ingresado inconsciente en el hospital canino.
Me han llamado del ayuntamiento para decírmelo después
de rebuscar en su chip.
—¿De qué? —he preguntado a la funcionaria.
—De tristeza —me ha contestado con cierto tono de
condolencia.
—Eso es imposible. Cooper es un perro alegre.
Además, ¿Cómo puede saberlo usted?
—Eso ha dicho el veterinario cuando lo ha
examinado. Lo pone en su diagnóstico. Se lo puedo leer textualmente. Además he
visto su foto.
—¿Tiene usted una foto de su tristeza?
—La he visto en el blog del veterinario.
—No me lo diga. Prefiero imaginarlo tal como es: alegre,
confiado, resuelto, jovial…
—También está enfermo de inanición.
—No puedo creerlo. Lo siento señorita. Cooper no
necesita comer, se alimenta de… claro…
Perdone. Tiene razón el veterinario. ¿Ha dejado alguna cosa
para mí?
—Tengo su teléfono. Lo hemos sabido porque tiene
un solo contacto. El suyo. Y un mensaje inconcluso que al parecer no ha enviado.
—Léamelo, por favor, si es tan amable.
—Está en griego.
—Vaya, eso está de moda. Cooper no sabe griego, aunque
lee a Kavafis.
—¿En serio?
—Un perro muy raro. ¿Alguna cosa más?
—No.
—Gracias por llamar. Pasaré a visitarlo mañana.
—Cuando pueda. Le sentará bien.
—Gracias de nuevo.
—Ah sí. Perdone. Hay una fecha. Diciembre. ¿Le
dice algo?
—No caigo. Lo siento. En fin, cosas de Cooper.
Joe Lovano y el canto de un grillo en la noche.
Cooper duda.
Hace dos días vi a Cooper.
Estaba muy desconocido. Con la cabeza humillada, los ojos hundidos, miraba de lado, con desconfianza. Aparecía sucio,
derrotado, echado a la vera del camino. Le he llamado pero ha huido como si temiera
todo de la especie humana. Quizás le asista la razón. ¿Qué pensar de la mayoría
de los humanos explotados por una minoría, cuya única ambición es poseer sin
medida, menos afectos que es lo único que satisface de verdad el corazón del
hombre. Cooper también desconfía después
de haberse humanizado. Incluso ya no cree en la manada. Ahora anda solo por el
mundo. Piensa que el otro es el peligro y la causa de su desgracia.
No tenía nada que
ofrecerle más que un poco de agua tibia de una botella recalentada por los calores
de este cuatro de julio, día imperial por antonomasia. Ante su reacción,
esperaba que sonara el teléfono, sin embargo ha permanecido mudo todo el día y
toda la noche.
Al amanecer han
sonado dos timbrazos y enseguida ha enmudecido el movil. Señal evidente de que
no le quedaba batería. Le he llamado y, como siempre, no ha dicho nada
esperando que yo interpretara su silencio. Los dos nos hemos quedado sin
palabras. ¿Para qué, si ninguna de ellas nos valía? Hasta que al final me he
atrevido a preguntarle: Entonces… Cooper, ¿para qué me llamas? Antes de que
colgara he escuchado que hipaba. Cuando he vuelto a llamarle, ya no ha descolgado.
Me he pasado todo el día y toda la noche junto a la verja del jardín esperando
que regrese. ¿Señal evidente de que tan solo me interesa acumular afectos? De
todos modos, he dejado un hueco en la verja por si necesita de los míos, aunque
a estas alturas, después de mirar sus ojos, lo dudo. Su llamada es tan solo un
reproche.
Ha llamado Cooper.
Ya han pasado tres días
y no me ha llamado Cooper. Desapareció a toda prisa con el teléfono en la boca.
Me preocupa que se haya quedado sin batería. Quizás no ha sabido conectarlo por
desconocer la contraseña. Pienso que siempre tendrá el recurso de volver al
camino donde hemos coincidido los últimos días para pasear nuestros atardeceres,
y preguntarme. Puede que incluso haya
ido en mi búsqueda, o haya dejado algún mensaje escrito en el polvo o en uno de
los chopos del barranco que atraviesa el camino al comprobar que he sido yo el
que no ha comparecido, después de haberme esperado más de hora y media. Ahora que
caigo, Cooper hacía tiempo que rondaba ese camino. Una vez pasó con otros tres
perros sueltos. Lo normal es que lo perros anden sueltos Va con su naturaleza
ser libres. Lo anormal es verlos atados y tan sumisos. Caminaban aprisa,
recelosos, y antes de llegar a mi altura
se desviaron por un zopetero que descendía hacia el barranco tras unos
cañaverales. No les presté mayor atención al dejarme libre el camino, aunque Cooper se
quedó rezagado para una última mirada. No podría asegurar con certeza que era
el mismo, pero sí era blanco y gris, y la misma cautela en la mirada. Hay
certezas que devienen poco a poco y se instalan como el polvo que cubre los
muebles a los que se les ha dejado perder el brillo con el paso del tiempo. Lo recuerdo porque en aquel momento unas
torcaces cruzaron el cielo con el viento del sur como avanzadilla de las que volarían
por la noche hacia el norte. Otra vez
creí haberlo visto arriba de un ribazo, disimulado entre las hierbas silvestres
que crecían a los pies unos cipreses.
Esta tarde he salido también
al atardecer para un recorrido urbano. Mis diez kilómetros del ocaso. La misma
rutina de cada día antes de que caiga el sol por la espalda. Siguiendo la vía
del tranvía he llegado hasta el mar. El Lebeche todavía no es fuerte cuando el
verano ya casi asoma, y las olas que había levantado el viento se
dejaban caer muelles sobre la arena. Todo el mar se balanceaba con el ritmo
perdido y me he sentado en la arena caliente para escuchar su murmullo como
quien espera la noche sin ninguna sorpresa. Entonces ha sonado el teléfono. Mi
teléfono. El teléfono de Cooper. Lo sé porque lo ha delatado su número, pero
especialmente el silencio y la respiración entrecortada cuando he descolgado.
He contestado de la misma manera, aunque me he acercado a la orilla, para que
Cooper escuchara el rumor de las olas. ¡Cómo me hubiera gustado que también lo
hubiera olido! Tanto que casi he metido el teléfono en el agua. Cuando lo he
llevado de nuevo al oído ya había colgado y me ha asaltado una tristeza
infinita. Hasta el mar parecía derramarse en lamentos.
© Preludio. Dos de junio 2015.
"También esto pasará" de Milena Busquest.
Me
gustan las novelas en las que el escenario se torna protagonista importante de
la trama en tanto que cogestiona la vida, la muerte, el sexo, el amor, la
frustración y el fiasco.
Acabo
de leer la segunda novela de Milena Busquets, “También esto pasará”,
publicada por Anagrama y debo reconocer
que ha sido uno de los libros que con mayor fruición he leído últimamente.
Quizás porque el trasfondo de la relación con la madre muerta me impresiona
cada vez más, a medida que mis años ya se cuentan, mirando con gafas de
presbicia la raya de mi horizonte y de reojo lo que ha ido quedando atrás entre la nostalgia de lo que ha sido válido
en mis paraísos perdidos. Paraísos, sin duda, en los que se sitúa con la
excelencia a veces, el dolor, las
relaciones complejas, los trabajos excitantes, el sexo, la sucesión, la
enfermedad y también el desastre. Todo aquello que importa. La autora nos
muestra a alguien que no está dentro ni fuera del mundo, sino en su límite para
comprender mejor la sensación de vacío. Una sensación que disuelve toda
realidad objetiva que, de pronto, parece revocada con tal que pueda relucir, con
el radical naufragio, flotando en el espacio y el tiempo de una nada inconmutable,
resplandores y reflejos que halan a la deriva entre residuos que flotan. Y lo que resulta más sorprendente de todo ello,
que todavía puedan contabilizarse, por lo singular, como limaduras y fragmentos
de la belleza. Una belleza que surge de las cenizas de la vida. Aquí no me
atrevo a ser tan contundente como Thomas Mann para asegurar que lo bello se
muestra a partir del siniestro total, pero
algo de eso se muestra en la novela de Milena Busquets. La muerte como
fatalidad que impulsa la vida, y esta entendida como sexo, el sexo como
contacto, como abrazo compartido e inmediato. Pura necesidad de ser. Y ser es saberse participado.
De
nuevo nos encontramos con la eterna dicotomía de "eros y tanatos", tan
constante en la literatura de todos los tiempos.
Una
novela muy recomendable para leer en una de las noches cortas de junio, que
casi siempre, para mí, han sido antesala de los paraísos.
©
Preludio. Primero de Junio 2015.
Cooper no sabe hacer selfies
El día ha
transcurrido con mi ansiedad. Pensaba que me encontraría de nuevo con Cooper.
Incluso cavilaba si podría regalarle un teléfono antiguo. El más preciado de
todos cuantos he tenido por la única finalidad específica que tenia. Al fin y
al cabo ya no me sirve para nada desde hace tiempo. Aunque, ¿para qué querría
el perro un teléfono móvil? Mejor uno móvil que uno fijo. Cooper no es un perro
sedentario, ni siquiera es callejero. Es un perro de campo y monte. Puede que sí le interese, aunque no tenga para
hacer selfies. Cooper no puede ser
tan pijo. Además, a la gente de monte abrupto y de mar abierto nunca nos ha
dado por esas tonterías.
Al atardecer, como de
costumbre, me he calzado las zapatillas de andar y me he propuesto recorrer diez
kilómetros por el mismo lugar donde ayer me encontré con él. El fisioterapeuta
me ha prohibido andar durante más de una hora y media, y me perderé la maratón
de Berlín. La de Roma me pasó factura y aún estoy pagándola. Ahora tan solo
ando a paso ligero por una senda amable por ser desierta.
Esta penúltima tarde
de mayo no hacía calor, más bien un viento húmedo de levante con aromas de mar
y espliego, preludio de una tormenta, obligaba a una prenda de abrigo. A los
cinco minutos de caminar el sudor me empapaba la espalda y me sobraba el
cortaviento. Me he despojado del mismo y lo he atado a las ramas de un almez frondoso,
que disimulaba su vista, para recogerlo a la vuelta. Hubiera sido raro que
alguien se lo llevara. El lugar, por fortuna, resulta poco transitado.
Cuando ya dudada que
Cooper apareciera, he visto a lo lejos que alguien se acercaba. Venía por la
parte derecha del camino con paso inquieto. El mismo aspecto de ayer, gris y
negro, igual de sucio, las pestañas polvorientas, pero menos resabiado. Yo iba
por la izquierda en previsión de algún vehículo, aunque era de extrañar que a
esas horas del atardecer pasara alguno por aquella vía. A reconocerlo he
avivado el paso hasta llegar donde él. Cooper por el contrario lo ha retenido y
se ha puesto en guardia atento a mis manos y a mis propósitos. Por supuesto,
esta vez no iba armado con el teléfono, sino que los llevaba a buen recaudo,
metidos ambos en los bolsillos. Los dos
nos hemos detenido al mismo tiempo. Igual que ayer, pero con menos
distanciamiento. Lo primero que he hecho ha sido mostrarle mis manos abiertas,
mientras él reculaba un par de pasos, tenso el rabo. Cuando las he bajado,
Cooper lo ha movido un poco sin atreverse a mirarme a los ojos. Los perros saben
mejor que nadie que no hay que mirar directamente a los ojos, salvo a los ojos de
los niños, que son todavía una promesa, como los pozos de agua clara. En los
otros, en los de los adultos, los ojos son como los de aguas oscuras, donde al
fondo reflejan la tribulación y la desdicha.
El perfil de las montañas
pasaba del añil al violeta y el sendero oscurecía, como si la noche emergiera
desde dentro de la tierra. Unas nubes negras presagiaban tormenta.
Ha habido un momento
que no he sabido que hacer. Cooper, sí. Se ha apartado a la vera del camino y
después de olisquear unos cardos silvestres ha echado una meada larga. Pup-pu-pup
cantaba en ese momento una abubilla. Contestaba al pup-pup-pup de otra que
estaba sobre un almendro. La abubilla ha salido volando como contestación al
reclamo. Luego, Cooper ha venido hacia
mí y se ha sentado en el suelo. Me ha parecido que me invitaba a hacer lo
mismo.
Mientras me sentaba
frente a él, se ha acercado un poco más y se ha atrevido a lamerme una
zapatilla. Buscaba una caricia. Cualquiera que lo hubiera visto seguro que
hubiera sacado su móvil y hubiera grabado la escena. Juro que he pensado
hacerlo yo mismo. ¿Pero a quien iba a enseñarlo con el riesgo de perderme en aquel momento la emoción del
animal y la mía propia? He desistido de ello. No obstante he sacado el móvil
viejo del bolsillo y se lo he ofrecido. Cooper lo ha olido y lo ha despreciado.
Estaba más interesado en mi caricia. Luego, lo extraño ha sido que me lo ha
quitado de la mano y ha huido con él en la boca. Ha debido pensar que así
acababa con mi amenaza. Por más que he salido corriendo detrás, no he podido
alcanzarle. Algo más que añadir al “debe” de la factura de la Maratón de Roma.
Cooper estaba mejor preparado que yo para huir por el camino hasta el cruce de
un sendero por donde ha salido monte abajo. Si aguantara así más de
cuarenta kilómetros le propondría que
corriera por mí la Maratón de Berlín.
Después he vuelto a
casa, a donde he llegado, encendidas ya
las luces, después de recoger del almez mi cortaviento. Júpiter aparecía en ese
momento en el cielo, arrogante como un galán treintañero por encima de la
Sierra, acompañado del primer trueno que iniciaba la tormenta. Confío que
Cooper me llame un día de estos para darme noticias.
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