"El error de los supuestos"

—Oye, Leo, ¿tú le dices a tu mujer: “te quiero”?
—Pero, Bren, ¿de qué vas? ¿Estás de guasa, no?
—Te lo pregunto en serio.
—¿Y a qué viene tanta tontería?
—Es que a mí  tampoco se me ocurre decírselo a Filo.
—Muy lógico. ¿Lo quieres?
—¿Tú estás loco?
—Entonces, ¿qué importa?
—Que tampoco a ti te lo digo.
—Bueno, pero  se supone.

—Eso exactamente se cree mi marido.

Terminal

A pesar de una resistencia numantina, todas y cada una de las pruebas fueron resultando positivas. El cáncer era terminal. 
© Preludio. 11 de septiembre 2015. 

La tormenta

Lo mejor de la tormenta de esta tarde,  el  trueno  y la fragancia de la salvia, del romero  y  del espliego.  La insolencia de la ruda y la inflorescencia  del acanto se mostraban débiles. Los pies anclados en los charcos del camino. Las gotas de agua en la hoja del pino parecían llanto.Gritos en la densa  tarde que bajaba a raudales del monte, mientras el cielo se suicidaba con puñales.

Redescubrir a Tanizaki

Tanizaki, en el  Elogio de la sombra pretende reflejar la tensión existente entre oscuridad y claridad, algo así como el contraste que desprende “un negativo” a contraluz. En su ensayo literario, Tanizaki reprueba el mundo demasiado brillante de Occidente y celebra la riqueza de la penumbra, como fuente de ambigüedad y de relieve. Los lugares muy iluminados son demasiado limpios, sin misterio y sin historia. 
Tanizaki envida por el disfrute y la tranquilidad de la oscuridad, por las capas que el tiempo deposita en la superficie de las cosas y que las dotan de atractivo. No se trata tanto de explorar lo oscuro de la noche sino  más bien la iluminación ambigua de la oscuridad. 
Una oportunidad para pensar el mundo desde esa extraña luz y tratar de comprender el alcance de un tiempo en sombra y a la vez demasiado iluminado. La sombra es bella.

Diagnóstico

Cooper está enfermo. Lo han ingresado inconsciente en el hospital canino.
Me han llamado del ayuntamiento para decírmelo después de rebuscar en su chip.
—¿De qué? —he preguntado a la funcionaria.
—De tristeza —me ha contestado con cierto tono de condolencia.
—Eso es imposible. Cooper es un perro alegre. Además, ¿Cómo puede saberlo usted?
—Eso ha dicho el veterinario cuando lo ha examinado. Lo pone en su diagnóstico. Se lo puedo leer textualmente. Además he visto su foto.
—¿Tiene usted una foto de su tristeza?
—La he visto en el blog del veterinario.
—No me lo diga. Prefiero imaginarlo tal como es: alegre, confiado, resuelto, jovial…
—También está enfermo de inanición.
—No puedo creerlo. Lo siento señorita. Cooper no necesita comer, se alimenta de… claro…  Perdone. Tiene razón el veterinario. ¿Ha dejado alguna cosa para mí?
—Tengo su teléfono. Lo hemos sabido porque tiene un solo contacto. El suyo. Y un mensaje inconcluso que al parecer no ha enviado.
—Léamelo, por favor, si es tan amable.
—Está en griego.
—Vaya, eso está de moda. Cooper no sabe griego, aunque lee a Kavafis.
—¿En serio?
—Un perro muy raro. ¿Alguna cosa más?
—No.
—Gracias por llamar. Pasaré a visitarlo mañana.
—Cuando pueda. Le sentará bien.
—Gracias de nuevo.
—Ah sí. Perdone. Hay una fecha. Diciembre. ¿Le dice algo?
—No caigo. Lo siento. En fin, cosas de Cooper.

Joe Lovano y el canto de un grillo en la noche.







Me encanta el sonido del saxo tenor de Joe Lovano y la música al piano de Hank Jones. Si a ella, el canto de un grillo pone un contrapunto, el alma se  templa en la noche mientras se acorta. Venus reluce en el cielo y Casiopea espera que la luna pase de largo camino de la aurora. El grillo calla en el solo de Hank y luego replica a Lovano como si dialogaran a cuatros. Lovano no se corta. Genial la noche a la que se unen los ladridos lejanos de los perros. No hay mejor jam session para este martes que empieza.

Cooper duda.

Hace dos días vi a Cooper. Estaba muy desconocido. Con la cabeza humillada, los ojos hundidos,  miraba de lado, con desconfianza. Aparecía sucio, derrotado, echado a la vera del camino. Le he llamado pero ha huido como si temiera todo de la especie humana. Quizás le asista la razón. ¿Qué pensar de la mayoría de los humanos explotados por una minoría, cuya única ambición es poseer sin medida, menos afectos que es lo único que satisface de verdad el corazón del hombre.  Cooper también desconfía después de haberse humanizado. Incluso ya no cree en la manada. Ahora anda solo por el mundo. Piensa que el otro es el peligro y la causa de su desgracia.
No tenía nada que ofrecerle más que un poco de agua tibia de una botella recalentada por los calores de este cuatro de julio, día imperial por antonomasia. Ante su reacción, esperaba que sonara el teléfono, sin embargo ha permanecido mudo todo el día y toda la noche.

Al amanecer han sonado dos timbrazos y enseguida ha enmudecido el movil. Señal evidente de que no le quedaba batería. Le he llamado y, como siempre, no ha dicho nada esperando que yo interpretara su silencio. Los dos nos hemos quedado sin palabras. ¿Para qué, si ninguna de ellas nos valía? Hasta que al final me he atrevido a preguntarle: Entonces… Cooper, ¿para qué me llamas? Antes de que colgara he escuchado que hipaba. Cuando he vuelto a llamarle, ya no ha descolgado. Me he pasado todo el día y toda la noche junto a la verja del jardín esperando que regrese. ¿Señal evidente de que tan solo me interesa acumular afectos? De todos modos, he dejado un hueco en la verja por si necesita de los míos, aunque a estas alturas, después de mirar sus ojos, lo dudo. Su llamada es tan solo un reproche.

Ha llamado Cooper.

Ya han pasado tres días y no me ha llamado Cooper. Desapareció a toda prisa con el teléfono en la boca. Me preocupa que se haya quedado sin batería. Quizás no ha sabido conectarlo por desconocer la contraseña. Pienso que siempre tendrá el recurso de volver al camino donde hemos coincidido los últimos días para pasear nuestros atardeceres, y preguntarme.  Puede que incluso haya ido en mi búsqueda, o haya dejado algún mensaje escrito en el polvo o en uno de los chopos del barranco que atraviesa el camino al comprobar que he sido yo el que no ha comparecido, después de haberme esperado más de hora y media. Ahora que caigo, Cooper hacía tiempo que rondaba ese camino. Una vez pasó con otros tres perros sueltos. Lo normal es que lo perros anden sueltos Va con su naturaleza ser libres. Lo anormal es verlos atados y tan sumisos. Caminaban aprisa, recelosos,  y antes de llegar a mi altura se desviaron por un zopetero que descendía hacia el barranco tras unos cañaverales. No les presté mayor atención al  dejarme libre el camino, aunque Cooper se quedó rezagado para una última mirada. No podría asegurar con certeza que era el mismo, pero sí era blanco y gris, y la misma cautela en la mirada. Hay certezas que devienen poco a poco y se instalan como el polvo que cubre los muebles a los que se les ha dejado perder el brillo con el paso del tiempo.  Lo recuerdo porque en aquel momento unas torcaces cruzaron el cielo con el viento del sur como avanzadilla de las que volarían por la noche hacia el norte.  Otra vez creí haberlo visto arriba de un ribazo, disimulado entre las hierbas silvestres que crecían a los pies unos cipreses.
Esta tarde he salido también al atardecer para un recorrido urbano. Mis diez kilómetros del ocaso. La misma rutina de cada día antes de que caiga el sol por la espalda. Siguiendo la vía del tranvía he llegado hasta el mar. El Lebeche todavía no es fuerte cuando el verano  ya casi asoma,  y las olas que había levantado el viento se dejaban caer muelles sobre la arena. Todo el mar se balanceaba con el ritmo perdido y me he sentado en la arena caliente para escuchar su murmullo como quien espera la noche sin ninguna sorpresa. Entonces ha sonado el teléfono. Mi teléfono. El teléfono de Cooper. Lo sé porque lo ha delatado su número, pero especialmente el silencio y la respiración entrecortada cuando he descolgado. He contestado de la misma manera, aunque me he acercado a la orilla, para que Cooper escuchara el rumor de las olas. ¡Cómo me hubiera gustado que también lo hubiera olido! Tanto que casi he metido el teléfono en el agua. Cuando lo he llevado de nuevo al oído ya había colgado y me ha asaltado una tristeza infinita. Hasta el mar parecía derramarse en lamentos.
© Preludio. Dos de junio 2015.